La chica de Akihabara

Fue en mi primera salida por Akihabara una vez llegado a Japón. Para saberlo no hay más que ver la fecha de la foto, 2 de Enero de 2013. Bajaba a este famoso famoso lugar cuya estación tiene el llamativo nombre de Electric Town, con el afán de conseguir el portátil que estaba buscando, pues me sentía aún un poco manco sin mi herramienta habitual para todo.

Con más mala suerte que otra cosa conseguí encontrar la buscada tienda pero resultó que estaba cerrada debido a vacaciones de Navidad. La única tienda que realmente me interesaba en estos momentos, oculta al final de un pasillo de mala muerte escondido bajo unas vías de tren, tendría que ser probablemente la única en todo Japón que cerraba por Navidad.

No tenía nada mejor que hacer, así que aprovechando que llevaba la cámara después de haber visitado un rato el templo de Asakusa me dispuse a dar una vuelta, a hacer tiempo para que las luces de los carteles de neón me saludasen y me dijesen lo muy espectacular que pueden llegar a ser estas calles tras el atardecer para un amante de las ciudades que transpiran vida nocturna.

En una de esas vueltas pasé por una calle no muy grande pero bastante concurrida en donde varias de las típicas chicas repartían los típicos folletos de publicidad, que probablemente serían de los típicos maid cafes tan famosos en esta zona. No cogí ningún folleto puesto que generalmente hay un cierto público objetivo, y a un extranjero con una cámara en mano y un cartel en lo alto de la cabeza con la palabra turista en grande no le suelen dar nada en estos casos; pero los peinados extravagantes, los kilos de maquillaje y los disfraces de cosplay con minifaldas imposibles apuntaban a que eran folletos de ese tipo de cafeterías. O quizás algo más turbio que aún a día de hoy desconozco, quién sabe. Tampoco me interesaba demasiado.

En este arte de atraer clientes masculinos con técnicas que incluían vestir con escasas cantidades de ropa y llevar los cabellos tintados, me llamó la atención lo que podría describir como la persona más normal de entre todas. Enfundada en un cortísimo traje de policía que lucían unas larguísimas piernas y con un abrigo que sus tiriteras describían como insuficiente, estaba aguantando el día más frío que hasta el momento me había tocado vivir en Japón una que me atrajo simplemente con su sonrisa.

Cada vez que pasaba por la calle a su lado y no estaba ocupada explicándole a algunos clientes lo que fuese, aunque ella misma sabía claramente que no iba a darme ningún papel de publicidad debido quizás a no formar parte del público objetivo, quizás a que no me acercaba demasiado a ella cuando pasaba por la calle sin pararme… aún así, clavaba sus ojos en los míos y me dedicaba una de sus mejores y más cautivadoras sonrisas que posiblemente podrían ser su respuesta a mi mirada de comprensión al verla tiritar de frío mientras realizaba su trabajo.

En una de las vueltas que aprovechaba para pasar por esa calle con la excusa de estar haciendo fotos urbanas por el lugar, hubo un momento en el que me paré para captar el lugar donde trabajaba y robarle una foto sin que me viese. En ese momento ella se giró como si alguien la hubiese avisado y me miró directamente, sonriendo, para después hacer como si se apartase de mi encuadre haciéndome el favor de no estropear mi foto. Obviamente no era la calle lo que quería captar y probablemente ella me ayudó a conseguir mi objetivo original de una manera que quedaba oculta bajo la extrema educación japonesa.

Quizás si la timidez mal llamada vergüenza no me hubiese parado, si la barrera del idioma no me hubiese puesto un muro delante, o si mi reciente re-adquirida desconfianza no me hubiese dicho que no lo intentase, quizás y sólo quizás podría haber conseguido una tarde de conversación frente a una sonrisa evocadora a la que hubiese podido ponerle un nombre.