Colores de otoño en Gotokuji

Si pensabais que el único aliciente para visitar Gotokuji eran los maneki nekos, estáis muy equivocados. Yo hice coincidir mi visita con el periodo de kojo del momiji, la época en la que todas las hojas de los árboles están rojizas. Cuando le enseñé las fotos de los gatitos a algunos japoneses dijeron algo así como “ah, por esto es muy popular entre extranjeros eh?“, cuando la verdad es que, el día que fui casi toda la gente que había era japonesa. Y es que si algo tiene la belleza de este lugar, no es necesario venir de fuera para poder apreciarla En fin, que como cada año en esta época, me gusta aprovechar y sacar algunas fotos a estas estampas. Y aunque cada vez saco menos fotos, nunca está de más tener un recuerdo de por qué estoy aquí. Últimamente no ando demasiado inspirado a la hora de escribir (ni de escribir ni de nada), pero para que ello no se convierta en una excusa para no publicar fotos, os dejo con ellas directamente.

Manekinekos en el templo Gotokuji

El templo Gotokuji está situado en el distrito de Setagaya, en el suroeste de Tokyo, y es muy conocido por sus estatuas de maneki nekos (招き猫) o los gatos que invitan. Estos gatos son los que se ven en anuncios como los de Mixta y al contrario de lo que mucha gente piensa, no son chinos, sino japoneses. Se dice que traen buena suerte en forma de comida, dinero, beneficios y clientes y es por eso por lo que se puede ver en muchísimo de los negocios nipones debido a una creencia que tiene su origen en una leyenda del periodo Edo. Y es que dice la leyenda que el sacerdote superior del templo tenía un gato que quería mucho. Un día, el señor feudal Ii Naotaka, un daimyō que sirvió bajo el shogunato Tokugawa, se encontraba a las afueras del templo y vio al gato, que parecía estar haciéndole señales con la pata levantada, como invitándole a entrar. Naotaka, curioso, entró al templo y fue recibido por el sacerdote. Éste le ofreció te y un sermón mientras una fuerte tormenta eléctrica comenzó a caer fuera. El daimyō, agradecido, donó sacos de arroz y tierras al que por entonces no era más que un pobre